lunes 15 de septiembre de 2008

El mismo café

No sé cómo existen personas que dicen que los finales son buenos, que ayudan, que aprendes de ellos, que son peldaños de la vida, que, solamente, son comienzos de un nuevo camino. Yo no pienso eso. Estoy caminado por las calles, sin rumbo, sin color, sin sabor, sin emoción; después de salir de casa. Pues, hace unas horas, estaba en el mismo café de siempre esperando a Daniel. Era un poco tarde y aún no llegaba. Pedí el segundo café esperando que el tiempo vuele. Esta vez estaba relativamente molesta, con los ánimos apagados y él no aparecía. Tenía una hora de retraso, eso atiborró aún más mi frágil paciencia. Esta vez ya no sería igual, ya no esperaré horas tras horas, ya no. Me paré, me disponía a abandonar el café; cuando, de pronto, me tocan el hombro. Volteo ofuscada pensando que era él. Pero no, era el mozo, había olvidado pagar la cuenta. Salí del café, aún más exaltada, molesta, pero triste a la vez. Era la última oportunidad que teníamos y se perdió. Ahora estoy aquí, caminando por las calles sin un rumbo fijo. No sé adonde voy, adónde quiero ir, ni siquiera sé dónde estoy. La noche se aproxima, sólo tengo unas cuantas monedas en la cartera, un abrigo bajo el brazo y un libro –el que leo en mis ratos libres. Ya me cansé de avanzar sin destino. Es hora de regresar a casa, seguro la encontraré igual: tibia, acogedora, sobretodo sola.


Busco el paradero, pero las calles son muy extrañas. Entre esquina y esquina los buses pasan después de un largo rato y ninguno puedo identificarlo. Me estoy asustando, estos caminos son como laberintos. Avanzo despacio y, al fin, encuentro el paradero. A lo lejos distingo la silueta de un joven: alto, tez oscura y con pequeños rulos. Al parecer, también esperaba el bus. Decidí pararme a su lado, en cierta medida me sentía a salvo junto a él. Había oscurecido, las luces de los postes eran tenues, el cielo parecía tronar a lo lejos. Los minutos pasaban como el viento lo hace por mi rostro. No tenía paraguas y las nubes, poco a poco, se teñían de negro. A pesar de todo, mi mirada no podía despegarse de aquel joven. Había avanzado sigilosamente sin que se él percate. Sin embargo, regresaba a mi la imagen del café. Otra vez quedé desilusionada, porque nunca llegó. Pasaron tres buses y ninguno se me hacía familiar; creo que a aquel joven tampoco. Me comencé a desesperar; era muy tarde; las gotas se precipitaban al suelo y el bus no aparecía. Para distraerme, intentaba recordar dónde había visto ese cabello que llamó mi atención, pero mi memoria es frágil. Necesitaba un pretexto para hablar con él. Felizmente había olvidado mi reloj. Después de esa pregunta básica –esperando que siga con la conversación- me quedé callada. Sólo me miró y deslizó en su rostro una pequeña sonrisa. A lo lejos divisé el bus; tenía que subir sí o sí. El camino iba a ser largo; me senté en el único asiento y comencé a leer. Emprendí el diseño de mi imaginación, cuando el bus frenó de golpe. Fue en ese momento que me percaté del joven del paradero, que atentamente me alcanzó el libro.


Cansada, molesta, con sentimientos de intriga llegué a mi casa. La encontré tal como la describí horas antes. Prendí la computadora –necesitaba una respuesta a todo esto- y lo encontré conectado. Instantáneamente a la velocidad de la luz me habló. Me dijo que hoy había sido el mejor día de su vida. Estaba desconcertada, no entendía lo que me decía. Le respondí que era un mentiroso, que nunca llegó. Él respondió –con aquellos emoticones que suelen aparentar gestos- que siempre estuvo allí, que no me perdió de vista ni un sólo minuto. Era una pelea virtual que no tenía sentido, le repliqué. Él recalcó que sí estuvo allí y que buscara en mi libro. Cogí alborotada mi cartera y lo saqué. Recorrí todas las hojas y cayó un pequeño papel en el que decía “siempre estuve allí y nunca te diste cuenta. Toqué tu hombro para decirte que era yo quien te observaba desde lejos, pero tuve miedo, estuve más de una hora a tu lado, pero no te hablé”. Solté lo que tenía entre las manos y corrí para responderle, pero ya no estaba. Sus últimas palabras eran ciertas “Ahora debes estar leyendo la verdad que mañana ya no tendrá sentido”.

5 Comments:

Taun said...

Bievenida, a la blogosfera. Espero que nos sigamos viendo por aquí o por allí(mundo real).

Saludos desde Madrid.

Grecia said...

Si, a veces sucede, es raro pero quisa cuando crees que no hay nadie, al fondo del cafe esta sentado aquel que leyendo un libro te observa a lo lejos, no importa quien sea, sabes que no le eres indiferente ni a él ni al mundo; menos a mi =).

Lindo Blog.

Nos vemos pisco :D

.patricia. said...

Yo también quiero, Kate.

Aunque no tome café-y menos compre en Starbucks-.
Hay alguien a quien yo spi observo obsesivamentee jajajaja xD
Le dejaré una cartita, wiii!

Kate* said...

Ya es hora, Patt ;)

Anónimo said...

Como dejar la carta en laguien que te gusta y no sabes su respuesta , si no se conocen lo suficiente ? si no son ni amigos solo simples conocidos