Caminaba rápido, cortando el viento que rozaba mi rostro, intentando ganarle al tiempo para llegar temprano a la cita con aquella mujer que había desnudado su alma conmigo, que era tan sincera como una carta de despedida antes de un suicidio, tan tierna como la cara de un bebé al nacer, tan hermosa como los colores de las mariposas que revolotean en mi imaginación. Marchaba cada vez más a prisa. Cada minuto, cada segundo mi corazón se iba acelerando por verla; mis latidos parecían amargos golpes de tambores de guerra; mi respiración pedía a gritos un ligero descanso; mis venas se estaban secando porque todavía no la divisaba en el horizonte. No podía más. Mi mirada no lograba deslumbrar el camino, sólo podía ver su imagen reflejada en la niebla, sólo recordaba el delicioso sonido de sus palabras, sólo pensaba en ella y en nada más que ella. Intenté correr, pero no pude; sentí un amargo golpe en mi frente. Había avanzado sin dirección, acelerado sin brevete, de pronto, frenado como un carro en luz roja. Estuve inconsciente por unos minutos, estuve en el umbral del día y de la noche, estuve, aún así, pensando en ella.
Atravesaba un sinfín de emociones frías cuando desperté, abrí los ojos lentamente como se eleva el telón de una obra teatral. El tiempo se congeló, este mundo no era el mío. No había esperanzas tintineantes, sueños tangibles, recuerdos perecibles. Sólo encontré lagos de llanto, cielo con algodones de humo, individuos irreales. Más no estaba ella. Comencé a caminar por las tristes calles del nuevo mundo que me tocaba experimentar, intenté hablar con las personas, barrotes andantes que caminaban con un punto fijo en el horizonte. Me desesperé, grité y nadie parecía compadecerse de un pobre tonto que se había perdido a causa del amor y un crudo golpe en la frente. Me sentía pequeño como los granos de quinua, fantasioso como volar al sol, insulso como el mundo sin el hombre. Más no podía darme por vencido, si tenía que vivir en una burbuja desconocida, debía calzar los zapatos de un nuevo personaje.
Los días no avanzaban, el sol no desaparecía, la luna ni siquiera era tomada en cuenta. Era un mundo frío por la incertidumbre, pero cálido por el potente astro que sancochaba con sus rayos ácidos. Me senté en la esquina de una casa con la esperanza de soñar en esta tierra de nadie, donde la noche no existía. Hombres y mujeres pasaban por mi costado y sus sombras creaban alegrías exasperantes, que engañaban mis ojos con la oscuridad de mi vida pasada que anhelaba recuperar. Mientras recreaba mi mente con situaciones erradas, divisé a lo lejos una mirada tímida que me atraía. No sabía por qué, cómo, adónde me guiaría, pero decidí seguir sus huellas. Avancé y avancé, quería descubrir ese brillo que deslumbró mi curiosidad. Mi alma se regocijaba en algo desconocido, que aún no podía alcanzar. Era una señal, una luz, un camino, una corazonada de niño. A pesar de los sentimientos encontrados, ahí estaba yo, caminando en busca de unos ojos cautivantes como uvas fermentadas en las que me quería embriagar.
Llegué al final de la calle, distinguí la niña de mis ojos. Me senté a su costado, queriendo consolarla, calmar sus miedos, pero no pude decir palabra alguna. Parecía como si me hubieran cosido la boca. Sólo la miré, contemplando esa mirada que me atrajo como imán, esperando una palabra que me haga volver en mí, más no recibí nada. Ella andaba perdida en el tiempo. Me cansé de la indiferencia, me puse en pie, cuando me dijo: ¿quieres jugar conmigo? me quedé atónito, me dispuse a ayudarla a pararse cuando vi mis manos, mis piernas, mi cuerpo. No era aquel joven de 23 años al encuentro de su amada. Era un niño en un mundo tan conocido como desconocido. Aquella niña que había visto no era más que la mujer que entre pesadillas y sueños había buscado, sólo que muchos años antes de conocerla.

2 Comments:
Como dice la canción...
tú eres la niña de mis oojoooos~
lala, lalala...
:)
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